La Princesa Prometida by Goldman William

La Princesa Prometida by Goldman William

Author:Goldman, William [Goldman, William]
Format: epub
Publisher: Unknown
Published: 2009-12-13T02:25:54+00:00


Desde su puesto al frente de la Armada, el príncipe Humperdinck levantó la vista hacia los Acantilados de la Locura. Aquello era una cacería más. Se obligó a olvidarse de la presa. No importaba si uno iba tras un antílope o una futura esposa, los procedimientos seguían siendo válidos. Había que reunir pruebas. Luego había que actuar. Se analizaba el terreno y luego se tomaban medidas. Si el análisis era escueto, había muchas posibilidades de que las medidas que se tomaran fuesen demasiado tardías. Había que tornarse su tiempo. Y así, inmovilizado por la reflexión, siguió mirando hacia la escarpada pared de los Acantilados.

Era obvio que hacía muy poco alguien los había escalado. A lo largo de la pared de piedra había marcas de pies que ascendían en línea recta, lo cual indicaba, casi sin lugar a dudas, que habían utilizado una cuerda, y habían subido lenta y trabajosamente los trescientos metros de cuerda, dando de vez en cuando unas pataditas con los pies para reajustar el equilibrio. Semejante escalada exigía fuerza y planificación, de modo que el príncipe fijó en su mente esos dos datos; mi enemigo es fuerte: mi enemigo no es impulsivo.

Sus ojos se posaron entonces en un punto ubicado a unos noventa metros de la cima. Allí la cosa comenzaba a ponerse interesante. Las marcas de los pies eran más profundas, más frecuentes y no seguían una línea ascendente directa. O bien alguien había dejado intencionadamente la cuerda a noventa metros de la cima, cosa que carecía de sentido, o la cuerda fue cortada mientras ese alguien se encontraba aún a noventa metros de la seguridad que ofrecía la cima. Pues estaba claro que esa última parte de la escalada había sido realizada directamente en la pared de roca. Pero ¿quién poseería semejante talento? ¿Y por qué se habría visto obligado a emplearlo en un momento tan peligroso, a doscientos diez metros por encima del desastre?

—Debo explorar la cima de los Acantilados de la Locura —dijo el príncipe sin volverse.

A sus espaldas, el conde Rugen se limitó a contestar:

—Eso está hecho —y esperó más instrucciones.

—Enviad la mitad de la Armada hacia el sur, por la costa, y a la otra mitad hacia el norte. Deberán reunirse al atardecer, cerca del Pantano de Fuego. Nuestro barco navegará hasta el sitio más próximo en el que podamos desembarcar, y vos me seguiréis con vuestros soldados. Preparad a los blancos.

El conde Rugen le hizo una seña al artillero, y las instrucciones del príncipe retumbaron por los Acantilados. Al cabo de unos minutos, la Armada había comenzado a dividirse; la gigantesca nave del príncipe navegaba sola al frente, cerca de la costa, en busca de un sitio donde desembarcar.

—¡Allí! —ordenó el príncipe poco después, y su barco comenzó las maniobras para entrar en la cala y encontrar allí un sitio seguro donde anclar.

Les llevó cierto tiempo, aunque no demasiado, porque el capitán era muy diestro y, como el príncipe solía perder pronto la paciencia, nadie se atrevía a correr ese riesgo.



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